¿Dejar de buscar gas colombiano e importarlo de Venezuela no es entregar nuestra soberanía energética?
Entiendo por demás que debemos buscar el reemplazo de las energías fósiles por energías limpias, pero pareciera que no se han enterado del atajaperro que tienen en Europa a cuenta del gas ruso. Sucede que los europeos, que nos llevan 2 mil años de ventaja histórica, decidieron hace un buen tiempo apostarle a la energía limpia y en virtud de ello apagaron las plantas nucleares pasándole, de igual manera, la orden de despido al carbón. Pero resulta que ni la energía solar, ni la eólica, son lo suficientemente constantes o eficientes -al menos en Europa- como para desconectarse del producto energético menos violento para con el medio ambiente como es “el gas natural”.

Por Guillermo León Pantoja
o deja de ser un contrasentido que hace algunos años, durante los gobiernos en Colombia de Álvaro Uribe Vélez y en Venezuela del comandante Hugo Chávez Frías, obviamente antes de declararse archienemigos el uno del otro; Colombia le suministraba gas a Venezuela mientras aquel país construía un gasoducto que primero llevaría el gas desde el oriente venezolano a los estados occidentales de la nación bolivariana, entre ellos el petrolero estado Zulia.
Por entonces, los industriales se quejaban del “préstamo” que Colombia le hacía a Venezuela porque Colombia siendo una incipiente productora de gas no extraía lo suficiente como para garantizar el suministro -al mismo tiempo- tanto del oeste de Venezuela como de la industria colombiana, que dependía y depende aún, de manera dramática del mismo. Ya se avizoraba que en cualquier momento podrían producirse en el país fallas en el suministro del preciado combustible que afectarían importantes sectores de la industria nacional, sobre todo aquellas asentadas en la costa Caribe.
Como dijimos, el gas colombiano llegaba a Venezuela casi que en calidad de préstamo y “supuestamente”, una vez que se concluyera el mencionado gasoducto, Venezuela le devolvería y luego le suministraría “a precio de huevo” su gas a Colombia, como quien dice era un negocio cuadrado, ¡esplendido!. Pero nadie contaba con que el gobierno venezolano se entrampara en el camino, y que el famoso gasoducto jamás vería llevar el gas de Venezuela a Colombia; por tanto terminó siendo un negocio a perdida para nuestro país. El hecho, “se recogió” rápidamente desde la óptica comunicacional, nadie más volvió a hablar de ello y el tema se escondió bajo la siempre oportuna alfombra del olvido.
Recuerdo que en ese entonces publicamos, en el extinto Periódico de Soledad, varios artículos, muy lúcidos por cierto, del senador José David Name advirtiendo acerca del tema.
Hoy -y vuelvo al tema del contrasentido- cuesta escuchar las declaraciones de la nueva ministra de Minas y Energía, Irene Vélez, quien luego de asegurar que el país tiene reservas de gas tan solo para los próximos siete u ocho años, indicó que si estas llegasen a terminarse o no fuesen suficientes se “podría hacer la conexión de transporte de gas con Venezuela”.
Se pregunta uno si es que el episodio del “regalo” del gas a Venezuela durante la primera década de este siglo, no le dejó ninguna experiencia a nuestro país en esa materia porque hasta donde sabemos Venezuela, por las razones que fueran, nunca envió un metro cúbico de gas hacia Colombia a través del denominado Gasoducto Transcaribeño Antonio Ricaurte, proyecto cuya construcción, que duró casi dos años, con un costó de más de 200 millones de dólares, fue iniciado el día 8 de julio de 2006 e inaugurado al año siguiente por los presidentes Hugo Chávez de Venezuela, Álvaro Uribe Vélez de Colombia y Martín Torrijos de Panamá.
La tubería de 64 cm de diámetro (25 pulgadas) tiene una extensión de 225 kilómetros entre Punta Ballenas, en la Guajira colombiana y la costa oriental del lago de Maracaibo, en Venezuela. Inicialmente transportaría diariamente hasta 150 millones de pies cúbicos de gas hacia Venezuela para luego invertir el flujo, en el año 2013, transportando el gas desde Venezuela hacia Colombia, lo que nunca ocurrió.
De modo que sería inverosímil que, a cuenta de defender nuestra soberanía energética, la dejemos en manos de Venezuela con una operación de suministro importado de gas natural desde el país hermano suspendiendo, para colmo, nuestras propias exploraciones para dar con mayores yacimientos del combustible.
Entiendo por demás que debemos buscar el reemplazo de las energías fósiles por energías limpias pero pareciera que no se han enterado del atajaperro que tienen en Europa a cuenta del gas ruso. Sucede que los europeos, que nos llevan 2 mil años de ventaja histórica, hace un buen tiempo decidieron apostarle a la energía limpia y en virtud de ello apagaron las plantas nucleares pasándole, de igual manera, la orden de despido al carbón. Pero resulta que ni la energía solar, ni la eólica, son lo suficientemente constantes o eficientes -al menos en Europa- como para desconectarse del producto energético menos violento para con el medio ambiente como es “el gas natural”. Ni qué decir del hidrogeno o del parque automotor eléctrico, disfuncionales sin querer cuando la centrales de energía eléctrica, hasta la fecha, requieren de gas natural para producir electricidad.
Es importante -y definitivamente vital- intensificar las energías alternativas, apostarle al cambio en la balanza energética. Pero si analizamos con detenimiento el problema europeo y su dependencia del gas, que a pesar de haber empezado hace muchos años y haber invertido cuantiosos recursos financieros para desprenderse del petróleo y sus derivados, además del carbón y también del gas en última instancia, aún se encuentran a medio camino de alcanzar el paradigma que plantea la ministra Irene Vélez.
No es lógico que por querer iniciar una necesaria transición energética en Colombia, nos despidamos desde ya de los combustibles fósiles que estamos en posibilidad de extraer desde nuestro propio suelo, sin contar aún con la tecnología y los recursos que nos permitan no depender, por ahora, de dichos combustibles fósiles, peor aún si estos provienen de otro país. Lo demás es improvisar y mezclar un tema político con uno energético, aunque se suele decir que el tema energético es casi siempre un tema también político.
La historia del Gasoducto Transcaribeño Antonio Ricaurte
Recordemos que el Gasoducto Transcaribeño Antonio Ricaurte es propiedad de la empresa petrolera estatal Petróleos de Venezuela. Que en su primera fase contempló un contrato de suministro de gas natural entre Petróleos de Venezuela y Ecopetrol de Colombia comenzado en el año 2007 en la que Colombia suministró gas a Venezuela con el objetivo de cubrir el déficit doméstico en la región occidental mientras se desarrollaban los proyectos offshore en las costas del Estado Falcón. Esta fase se prolongó hasta el año 2015.
Luego, en la denominada segunda fase, la cual estaba planificada para iniciar el 1 de enero de 2016, se reversaba el flujo de gas desde Venezuela hacia Colombia, no obstante la estatal venezolana pospuso por dos años la venta de gas y ya en el año 2017 se iniciaron nuevamente las mesas de negociación entre las dos empresas para definir aspectos técnicos del flujo de gas, así como el precio de venta.
Lamentablemente estos eventos coincidieron con la promulgación de las primeras sanciones impuestas por el presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, al gobierno de Venezuela y a la estatal petrolera PDVSA, en agosto de 2017. Esto, sumado al deterioro de las relaciones diplomáticas entre Colombia y Venezuela, impidió la operación de la empresa petrolera venezolana en territorio colombiano por lo que sus operaciones se encuentran suspendidas hasta la fecha.
Parece ser que la opción que plantea la ministra de exportar gas está orientada hacia la posibilidad de echar a andar nuevamente el famoso gasoducto, esta vez con el sobrecosto de entregarle nuestra soberanía energética, en materia de gas natural, al gobierno Bolivariano de Venezuela, lo que revitalizaría de alguna manera su maltrecha operatividad energética pero nos costaría años de experticia dejándonos, de paso, a merced de los vaivenes de un país altisonante como Venezuela.

