Apuntes de un ciudadano que salió a marchar: Colombia… la obra en la que nadie quiere actuar
¿Qué dicen sin hablar los actores ausentes de esta tragedia: la iglesia, la banca y la clase política tradicional?
Por Lester Padilla Sánchez
oy me llene de valor, tome mi gorra, camisa manga larga para el sol, el tapabocas que ya ni cosquilla hace a quien no lo lleve por estos días, ya que la pandemia ha pasado a un quinto plano en este país, e hice lo que nunca pensé hacer… entré a una marcha “pacifica”.
Mis motivos serán siempre parte de mi reserva personal, pero lo cierto es que hoy viví en carne propia las dos caras de una moneda. Por un lado vi cientos de jóvenes a quienes les duele la patria y los contextos sociales, jóvenes que ven el esfuerzo de sus padres para salir adelante, así como también jóvenes a los que la sociedad no les ha dado una sola oportunidad para surgir, para salir de la incertidumbre. Por otro lado, pude ver directamente a los ojos al mismo satanás encarnado, posesionado de cientos de jóvenes que parecieran no tener ya nada que perder en la vida; jóvenes a los que la sociedad, y en especial las clases dominantes, no les han dado oportunidad alguna de ser diferentes, porque desde que fueron engendrados ya estaban condenados a la miseria en la que se levantaron ellos, sus padres y sus hijos.

Hoy lo vi, “a satanás”, lo mire a los ojos mientras vandalizaba estaciones del Transmetro, locales comerciales, el mismísimo CAI del Suri Salcedo y ni que decir de los grandes almacenes de cadena del norte de la ciudad. El maligno, encarnado en los jóvenes poseídos a quienes les valía madre si eran impactados por las balas de la policía. Una sola realidad, con dos tipos de protagonistas con algo en común: “ambos tienen derechos”; solo que unos protestan con justicia y otros protestan a través del caos.
La olla a presión que cocinaba a millones de colombianos que a través de décadas de aguante, de violencia política, de corrupción y sobre todo de desigualdad social, ha explotado y esta vez apagar ese vapor humeante requerirá de toda una operación delicada a los tejidos de las fibras sociales más sensibles, no se ve cercana una cirugía inmediata de parte del estado porque sus inquilinos de turno con sus desafortunadas decisiones diarias durante el paro, encienden cada vez más el fuego. Lamentablemente este gobierno de turno parece haber sepultado -con sus decisiones prepotentes y absurdas- cualquier posibilidad de cese de acciones violentas y vandálicas.

Esta obra dramática tiene actores con sospechosos papeles y hasta -porqué no decirlo- se nota un suspicaz silencio. Veamos por qué.
LA IGLESIA
Muy a pesar de ser Colombia un estado laico, en muchos momentos de la historia se ha visto y notado la presencia activa de estos actores de la fe. La iglesia católica, como mayoría y siempre cercana al estado, tradicionalmente participaba, mediaba y hasta aparecía en la foto final de las grandes decisiones del país. En menor proporción otros grupos religiosos, porque ellos solo tienen sus intereses y participaciones en asuntos propios de su fe. En estos días de crisis social ninguno aparece, ni hace por lo menos un llamado a la calma, mucho menos se ofrecen a mediar. En conclusión la religión dice en esta obra: Esta boca no es mía.
LA BANCA
Todos los mandatarios de estado en los últimos 50 años han contado y seguirán haciéndolo con el brazo financiero de estos grupos. Se dice que este poder es quien “sienta” a un presidente en el palacio de Nariño, y por obvias razones todas las decisiones de estado en estas últimas décadas se toman para beneficiarlos a ellos. Nunca veremos una ley o política de gobierno en este país que no beneficie primero a la banca. El estado les da dinero para que después ellos lo presten al pueblo a cambio de altos intereses, son los intermediarios que ganan con justicia su comisión. En conclusión, la banca y los gremios económicos dicen en esta obra: No muerdas la mano que te da de comer.
LOS SENADORES Y REPRESENTANTES
En cierta ocasión en un partido de futbol en el barrio Hipódromo de Soledad, me topé con un entonces candidato que como acto heroico y demostración de igualdad, se untaba con la pomada llamada pueblo mezclándose con una barra del frente rojiblanco, gritando las arengas del equipo que jugaba ese día. A otro de esos candidatos lo vi con mis propios ojos llorar de emoción al ver a la multitud aplaudirle y recibirle en el barrio Ferrocarril de Soledad, una fría noche de enero. Sus lágrimas de emoción al ver el calor de la gente no lo dejaban hablar y expresarles que cuando fuese senador, devolvería a cada ciudadano el bienestar y las soluciones necesarias. bla,bla,bla. De esos dos hay 254 en toda Colombia, refugiados en sus estudios de hogar, debatiendo las grandes decisiones que beneficiaran a este dolido país, algunos de ellos sesionando con whiski a la mano, para que sus decisiones sean muy relajadas. Estos sí que son el verdadero cáncer del país, ahora no apoyaron a Duque en la reforma, quien sabe por qué, pero pocos de los honorables senadores y representantes ponen pecho para impedir que Colombia no se desangre más. Los senadores y representantes dicen en esta obra: No voy a patear mi vianda.
CONCLUSIÓN
La mesa está servida, solo faltan los comensales. Mientras el estado demuestra su incapacidad de gobernar de mejor manera al país, nos seguimos haciendo daño, van ya 9 días de terror y no sabemos cuántos más faltan. Tal vez la solución este en una nueva generación de líderes, una generación libre de esa corrupción que se ha adherido al ADN de nuestro país político. Tomará muchos años reparar los daños sociales y morales que han ocasionado las clases políticas a los colombianos, porque decir que Duque y su jefe tienen la culpa es facilismo, ellos son solo quienes están recogiendo la bajezas de sus antecesores. Ellos, los políticos, fueron los que sentaron las bases de este sistema actual que luce mal y huele a podrido. La línea final de esta obra recita: La construcción de un nuevo sistema, debe ser resultado de la destrucción del actual.
